La AVARICIA. Factor de retraso social y económico

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Para el desarrollo de las economías locales es una condición vital el movimiento de dinero en todos los sentidos posibles para la mejora de la condición de cada uno de sus habitantes. Esto que parece una obviedad, no lo es. 

Para el desarrollo de las economías locales es una condición vital el movimiento de dinero en todos los sentidos posibles para la mejora de la condición de cada uno de sus habitantes. Esto que parece una obviedad, no lo es. 

Las sociedades que hacen cultura de las actividades de ocio, con empresarios que tienen por filosofía mejorar las condiciones laborales de sus empleados, evolucionan en cortos períodos de forma rápida, favorable y constantemente.

En mis habituales viajes entre las veinte y tantas ciudades de los tres países de la región que son alcanzadas por la revista impresa observo asimetrías en el desarrollo cultural, social y urbano, siendo el factor económico el motor de cambio. Pero más puntualmente en cómo se relacionan con el dinero. 

En estos cinco años que llevo de rodarlas, la conclusión a la que llego es, que evolucionan favorablemente aquellas en las que se tiene por costumbre el disfrute del dinero que se gana. Donde cualquier motivo es razón suficiente para la compra de prendas de vestir, perfumes o automóvil. Allí es habitual ver movimientos nocturnos en restaurantes. Un cruce de fronteras incesante para participar de algún espectáculo. O simplemente para reunirse con amigos. 

Es allí donde el dinero recorre las calles, fluye, gira y beneficia a muchos. Es donde la ciudad crece por la reinversión. Pero sobre todas las cosas, sus habitantes encuentran oportunidades de mejora para sí y su núcleo familiar. 

Así son, por ejemplo, la ciudad de Asunción, Ciudad del Este o Foz do Iguazú. Y en gran medida también la vecina ciudad de Posadas. 

Contraria es la historia en el resto de las urbes. No siendo un factor crítico el ingreso de dinero a esas localidades. Todo lo contrario. Con ciertas diferencias, hay en general personas acaudaladas, empresarios muy fuertes que operan en distintos sectores de la economía. Y una clase media alta muy numerosa. Sin embargo, se nota una actitud reticente y resistente a darle movimiento al dinero. Lo reciben y lo atrapan. Lo frenan. Ya que tienen la costumbre de utilizarlo fuera de la ciudad donde residen o directamente acumularlo de una manera patológica. 

Estos grupos concentran un gran poder, no sólo económico, sino también devenido de las relaciones con el poder financiero, el judicial y el político. Por ello son los intocables. Y no se los cuestiona abiertamente.

Sus apellidos se inscriben en el bronce de la historia local, son aplaudidos y admirados, pero con recelo. Porque acumulan riqueza de manera sistemática negando el componente social del dinero. Han “ahorrado” más allá de lo que podrían gastar en 200 años. Lo cual no es objetable ni pienso en la idea de “quitar” a los más ricos para favorecer a los más pobres.

Ya que hacer fortunas no es objetable en ningún sentido. Pero sinceramente pienso que no debieran ser tan reacios a utilizarla de manera generosa en la ciudad donde tienen base y de dónde obtienen gran parte de esos dividendos. 

Qué es para mí, en este contexto, comportarse con generosidad? Es no tener a casi todos los empleados con sueldos “básicos” durante años. Es darles la oportunidad de tener una movilidad laboral ascendente. Donde lleguen a puestos jerárquicos, no por lazos sanguíneos o por influencias, sino por méritos. Creo que no hace falta que mencione el tener empleados asalariados por debajo de lo que marcan los convenios colectivos de trabajo, en negro o sin reconocimiento de las horas extras que a diario acumulan. 

Creo que no está bien que en la ciudad donde viven no se los vea jamás comprar un par de medias. Pero cuando se van hacia las grandes ciudades dejan en una tarde de shopping una cantidad de dinero con la que una familia tipo podría vivir un año entero. 

En este escenario hay vientos de cambio, por ejemplo, en Encarnación. Ya sea por el atractivo de invertir en la industria turística, como por la localización estratégica de la ciudad con sus servicios funcionando. Hay capitales foráneos que en cierta medida tienen una forma diferente de ver y hacer las cosas. Esto sumado a que la gente está cambiando. Por eso destaqué hace tres años, como muy acertada, la decisión de la construcción de las playas. Esto fue como una ruptura a un esquema mental de aislamiento autoimpuesto. Y la ciudad pasó de ser una viejita de andar cansino, a convertirse en la niña bonita de la región. 

Pero me preocupa la situación de Eldorado, en Misiones. Que tiene una incesante apertura de comercios nuevos que buscan atender al mercado local y al turista visitante, pero luego de unos meses, cierran sus puertas. Esto se debe en gran parte al poco apoyo de quienes podrían comprar allí, y no lo hacen. Y también por haber creído en los “mega planes” de promoción turística que anunciaron sus dirigentes políticos locales y que luego sólo quedaron en eso, en anuncios. Pero si a esto le sumamos el nulo compromiso de los efectores turísticos que funcionan en la Capital del Trabajo, que no invierten en la difusión del destino, se logra comprender por qué la ciudad está detenida en el tiempo. 

Para cerrar, quiero destacar que me gusta cobijar algunas utopías, pero no creo que esta nota genere un cambio radical en quienes la lean ni que exceda los beneficios catárticos que me aporta escribirla. Pero deseo promover el dejar de aceptar como normal las situaciones descriptas aquí. Para que los nietos de aquellos que ya son ajenos a recuerdos de alguna guerra en la vieja Europa, que denotan un pensamiento distinto, que ellos sí puedan generar el cambio necesario. Que sean diferentes. Porque los que ya están enquistados en lo alto de la “pirámide social”, esos, ya no cambian más.

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